CUENTO LA CARTA DE AMOR

El suave aroma de vainilla y canela con la mezcla de café inundaba todos los rincones de aquel bello y discreto lugar, haciendo las delicias de los escasos clientes del Restaurante “Los sabores de Sinaloa”, entre los que se encontraba Pedro; un viejecito de ochenta años de edad que gozaba de la estimación de los lugareños y que por cosas del destino había perdido a su familia, quedando en la soledad y teniendo como único apoyo su perro “Toby”, quien en esos momentos le hacía compañía.

El restaurante construido desde la fundación del pueblo “Las Amapas” en la zona serrana de Cosalá, en el Estado de Sinaloa, era un espacio no muy amplio, pero acogedor, con un estilo campirano en donde destacaba el piso de madera traída desde Yucatán, las blancas paredes adornadas con fotografías de actores y actrices del cine clásico mexicano; y, sobre todo, la amabilidad y diligencia en el servicio del viejo Luis, dueño del lugar.

Pedro, era una persona jubilada muchos años atrás, después de cumplir cuarenta y cinco años de duro trabajo en la Mina “El Gambusino” situada en lo alto de la sierra de Cosalá. Allí conoció a Matilda, una bella joven de tez morena, originaria del lugar, que lo había cautivado de joven, cuando la vio por vez primera en la oficina donde cumplía las funciones de secretaria.

Con su humeante taza del caliente café, sentado en una silla de madera de la mesa en un rincón de restaurante, el anciano se ajustaba los lentes de aumento para leer y releer una hoja que guardaba con celo el en bolsillo de su cuidada camisa a cuadros. Era una amarillenta y arrugada carta con letras desgastadas por el paso de los años, que eran difícil de entender, pero que no era obstáculo para el viejo Pedro, quien se sabía de memoria línea por línea y letra por letra el contenido.

El rostro del anciano, curtido por el sol; cuyas arrugas eran como surcos indelebles formados por el paso del tiempo y que daban fe de los años vividos en el pesado trabajo de la minería; asomaban unas lágrimas que luchaba por contener, por los recuerdos y las emociones que provocaba el leer la carta. Cada año, en el mismo sitio, como si fuera un mágico ritual, la carta aparecía en las manos de Pedro, como un homenaje al amor entre él y Matilde, que con el paso de los años se había convertido en su esposa.

Años atrás, cuando los achaques propios de la edad hacían presa en la pareja senil (Matilde era cinco años menor que él), Pedro se propuso escribir una carta en donde haría patente el profundo amor que por Matilde había sentido desde que la conoció y por el hijo que le había dado y que, a los veintidós años, fue víctima de la violencia en la zona serrana. La carta era un instrumento del viejo cupido de sus años mozos, para manifestar los sentimientos, las emociones que emanan del amor humano hacia la pareja de toda su vida.

La carta constituía un sincero y emotivo homenaje de Pedro a Matilde. Un reconocimiento a su persona, como amiga, esposa y madre. Un elemento simbólico que a través de la palabra escrita se establecía como el libro de amor en sus vidas. El 14 de febrero, “Día del Amor y la Amistad” fue la fecha que Pedro escogió para leer y entregarle la carta a Matilde.

Solitario en el rincón del restaurante, Pedro y su fiel compañero Toby, miraba sin leer la carta que escribió a Matilde, mientras los recuerdos gratos e ingratos de toda una vida con el amor de siempre le invadían en una mezcla de nostalgia, tristeza y felicidad. La carta que nunca llegó a las manos de Matilde, puesto que un día antes de la fecha señalada, dejó de existir a consecuencia del cáncer terminal que le habían detectado los doctores.

Este 14 de febrero, al igual que cada año, los vecinos del lugar, observan con respeto y admiración al viejo Pedro, que en el mismo rincón lee y relee la carta de amor que nunca conoció Matilde, mientras los trinos de los pájaros, el vuelo de las mariposas y el radiante sol, dan luz y alegría al poblado como acompañándole en ese glorioso día del Amor y la Amistad.

Autor: Mtro. Roberto Palomares González.

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